Con más de 40 años en el poder judicial, el ministro Jaime Franco dice basta. Y se va, cuenta, con una sensación rara, por supuesto. Porque existe pena y la nostalgia de «dejar a personas con las que trabajaste durante años y con las que te vas acostumbrando, te vas encariñando…».
En realidad, asegura, «ya se me estaba haciendo muy pesado, porque acá las causas no se eligen, llegan, algunas son enormes, muy enredadas y eso requiere de mucho estudio, de pensar harto, y tiene demora, de hacerlo medianamente bien por lo menos, entonces eso se hace pesado», señala este abogado de 72 años, padre de cuatro hijos y abuelo de una menor, que «no sé si seguirá mis pasos».
Un ministro jubila a los 75 años y pese a que aún le restan tres, prefirió, luego de hablarlo con la familia, «que es lo más importante», dar un paso al costado, y bueno, «porque creo que era el momento que dejara de trabajar, ya que en muchos de estos cargos hay que hacerlo de manera muy fuerte, dedicarse al 100%, y muchas veces en las noches hasta altas horas…», advierte.
Es oriundo de Vallenar, y en ese lugar -donde cursó sus estudios primarios y secundarios, antes de ingresar a la Universidad Católica, donde ingresó en el año 64, y se tituló de abogado en el 71- lo espera su gente, su parcela, sus recuerdos de infancia.
Dice que todavía no tiene claro si se irá enseguida. Porque no ha planificado su vida en ese sentido y nunca lo ha hecho, así que «no sé qué haré, pero de la parcela me preocuparé luego, porque capaz que ejerza la profesión, ya que no tengo prohibición de hacerlo. Y como se dice en buen chileno, en el camino se arregla la carga», subraya. Ingresó al poder judicial en el año 1973, a La Serena llegó en 1996, y desde entonces ha sido presidente de la Corte de Apelaciones en tres periodos, «primero en 1999, la segunda vez en el año 2009 y luego en 2017», cuenta.
Reconoce que por su ajetreada vida en la capital, cuando fue juez civil en las comunas de Santiago y San Miguel, durante 18 años, es que sus hijos desistieron de ser abogados.
«Ninguno siguió mis pasos, porque creyeron que ser abogado era ser como trabajaba yo, que me desvelaba en las noches, e inclusive hasta hace poco, que para sacar una causa tuve que trabajar toda la noche, así que se asustaron y estudiaron otra cosa (ríe). O quizás su vocación nunca fue ir por el derecho, sino más bien por las matemáticas: El mayor estudió varias cosas, pero al final no se recibió, mi segunda hija es ingeniera hidráulica de La Chile, el tercero es ingeniero civil de La Serena y el cuarto está egresando de ingeniero industrial. ¿Y mi nieta? Ella tiene siete años y hay que esperar mucho todavía, así que no sé, pero que estudie lo que quiera. En estos tiempos es diferente, dado que antes a uno le decían que tenía que seguir tal carrera y no podías discutir nada. A mí no me lo impusieron, pero mi padre era abogado y pensé que era la carrera que tenía que seguir… ».

Ministro, en cuánto ha cambiado la justicia en todos estos años…
«Sería exagerado si dijera que casi todo, pero es cierto que ha cambiado mucho, y en donde más se ha notado ha sido en los cambios de procedimiento, pues cuando llegué en el año 1996 puede decirse que estábamos en lo antiguo y estos cambios comienzan a fines del año 2000, con el cambio de procedimiento penal, quizás el más grande, al menos en lo publicitado, pues los delitos impactan a la gente»

– ¿Le costó adaptarse a todos estos cambios?
«La verdad que no tanto, debido a que uno se va adaptando a lo que viene, a la legislación que uno tiene que aplicar, y bueno, nos han tocado cambios muy grandes, puesto que después vino la reforma de familia, laboral, nuevos procedimientos, y además también se modifica la legislación sustantiva, donde no sólo es el procedimiento, que es el paso a paso que se va siguiendo… ».

Cambios para mejor me imagino, ¿verdad?
«Es la intención, pero generalmente creo que sí. De hecho en el Código Procesal Penal se han hecho varias modificaciones desde que comenzó su vigencia a fines del año 2000. Por ejemplo, se habló tanto de la puerta giratoria y algunos todavía lo hacen, pero se hicieron modificaciones legislativas para evitar eso, razón por la cual se comenzó a establecer los turnos de los ministros los días sábados… ».

¿Ha sido complejo ser ministro de corte? «Absolutamente. El ministro de corte es uno de los
trabajos judiciales más complejos que existen y tal vez sea el más difícil, porque se exige conocer más y todavía más que eso. Nosotros conocemos recursos en contra de lo que resuelven todos los tribunales, desde policía local hasta los juzgados civiles, pero además conocemos todos los recursos de protección que comienzan acá en la corte, y la verdad es que se interponen recursos de protección sobre las cosas más variadas e insólitas».

¿Le faltó algo por hacer en todos estos años en el poder judicial?
«Desde luego que la carrera nuestra termina en la Corte Suprema, pero en realidad uno está acá para prestar un servicio, que es lo que hay que privilegiar por sobre, quizás, estar corriendo una carrera. Uno tiene que tratar de solucionarles los problemas a las personas, y ojalá de la forma que corresponda. Y yo en ese sentido me voy tranquilo, pues me he sacrificado harto…».

¿Algún caso emblemático?
«Me tocaron tantos juicios grandes… Por ejemplo en lo civil me tocó un caso del Observatorio La Campana, en el año 2004, y me acuerdo por lo que me dio que hacer, que fue un caso muy interesante. Había una demanda contra el Fisco y contra la corporación que tiene a su cargo ese observatorio, y al final se rechazó la demanda y la Corte Suprema confirmó lo que habíamos resuelto, mientras que en lo penal igual me tocaron importantes casos, causas que me dieron mucho que hacer…»..

¿Qué hará mañana (hoy) cuando se despierte?
«Tendré que venir igual a buscar cosas y porque tengo que entregar dos sentencias, pero no con la premura, sino más relajado. ¿Sabe? Una de las cosas impactantes es dejar la pega, quedar sin trabajo, pero yo estoy tranquilo, pues en algo me entretendré, y en último caso ejerceré la profesión. Además, y lo más importante, es que me dedicaré a salvar mi alma…».

No me diga que ha hecho cosas malas…
«No, no (ríe) ¿y usted es católico?» Sí, a veces… «Hablo de salvar el alma en el sentido de que uno tiene que acercarse a Dios, porque la realidad es indiscutible y todos nos vamos a morir, aunque no sabemos cuándo. Por lo tanto, es un momento para el que se debe estar preparado, y si es posible tomar algunas providencias, medidas, eso creo yo. Soy católico practicante y convencido de la iglesia católica, a pesar de todo los problemas que existen, así que ahora más que nunca es cuando hay que apoyar a la iglesia».

Fuente: La Región de Coquimbo